“Lo que hice fue pensar en el alma de mis hijos, me inspiré en eso para levantarme y seguir adelante porque creo que no puede descansar el alma de una persona muerta si es que uno llora desgarradoramente por mucho tiempo”, manifestó.
“El tiempo ayuda para que la herida deje de sangrar, pero sino lo tratas bien queda como secuela de una enfermedad, eso en algún momento te afecta, pero la verdad que uno no queda ileso, algo te queda”, afirmó la autora.
Alejandro y Francesco sus dos niños, afectados por una enfermedad excepcionalmente rara, fallecieron luego de ser sometidos a complejos procedimientos médicos que no lograron revertir su situación.
La relación entre algunos profesionales tratantes y los padres es una primera interpelación -no la más importante- que aparece en el texto y resalta el sesgo de que, de tanta convivencia con el sufrimiento, se degrade la insustituible humana empatía.
Lejos de ser un inventario de reproches, este libro es un emocionante canto de amor de unos padres a sus hijos. Hay un fuerte sentimiento familiar que ayudó a dos personas comunes a darle lucha a una odisea extraordinaria.
Esta evocación revela el espíritu extraordinario de una mujer dispuesta a compartir con todos los que están a su alrededor su propio recuerdo de la pérdida de las personas más queridas y de su vigoroso proceso de resiliencia para llevar adelante su futuro.
No es este un libro para aprender a olvidar. Las breves vidas de Alejandro y Francesco quedarán en el corazón de los lectores de las líneas que siguen. Tampoco es un libro triste. Se sale de este texto con esperanza, con amor a la vida y un poco más sabios.

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