Felicita Mandarina era hija de madre borracha, padre ausente y gobierno inmoral. Escapaba de la vida todas las mañanas asistiendo al primer grado de la escuelita, allí donde era inmensamente feliz porque perdonaba los maltratos de la casa y el olvido del país. Estuvo tan pocos días en clase que no tuvieron tiempo de enseñarle mentiras grandilocuentes como “la educación es gratuita hasta el noveno grado” o “a vos te ampara el Código del menor”. Es más, me imagino a Felicita riéndose por dentro cuando deletreaba con ganas las famosas frases de primer grado, “mamá me mima”, “papá me ama”. ¡Tenía once años y estaba en primer grado!
Felicita no jugaba mucho, aunque se entretenía en aquellas largas caminatas vendiendo los frutos de su pobreza, ese era el trato personal que tenía con Dios y con la vida. No había tiempo para las muñecas o para el shopping, no, porque allí estaba su canastito de quince, veinte o treinta mandarinas por día. Ese era el pago para seguir día a día.
Niña pobre piel de mandarina, otra muerte violenta te privó de esa negra gloria de ser tapa del funeral público de los diarios de la capital. Pero tu sufrimiento y el de Emilio, además de motivar esta queja y el llanto de los decentes, nos sacaron del vacío de una vida con resignaciones cómplices y desató el nudo de la garganta sin protesta. Si vieras cómo te recuerda la gente, pusieron tu dulce nombre en pancartas y pasacalles, y hasta te harán una marcha por las calles del pueblo que antes ni sabía de tu existir.
Felicita, aquí no tenías futuro, no te voy a engañar. Si vendías mandarinas para poder comer, estabas destinada a vender tu vientre en fruto para poder vivir. Quién soy yo para mentirte? Este Paraguay no te quería, eras apenas parte de los números de un censo sin sangre; y cómo me duele tener que admitirlo en un cobarde artículo de cuarenta líneas fútiles.
Felicita Mandarina, te nos fuiste sin escuchar esa canción que dice…“hija mía, mi amor, que linda estabas cuando fui a despertarte esta mañana. Tantas cosas pensé y no dije nada, qué crecida te vi, mi amor, qué larga! Las palabras, ya ves, jamás alcanzan, si lo que hay que decir desborda el alma. Pero atiéndeme bien, cuando haga falta, a tu lado estaré, por si me llamas, pequeña mía…”. Tu madre ebria y pobre nunca te la cantó. Con permiso de la Parodi, ahora te la canto yo.
Replicamos el artículo de Clari Arias publicado por el diario La Nación el domingo 6 de junio de 2004
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