Todo está cargado en la memoria, arma de la vida y de la historia

«La memoria despierta para herir a los pueblos dormidos
que no la dejan vivir libre como el viento.»

— León Gieco.

Cuánta verdad canta este célebre cantautor argentino.
Escuché decir que no podemos ser tan apasionados por la historia, pero un pueblo que olvida su pasado corre el riesgo de repetir sus tragedias.
Imagínate que te pida que olvides tus recuerdos de infancia, esa salida con los abuelos, las fiestas de fin de año en la casa de los seres queridos. Eso está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia.
Hace unos días, el presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, expresó: «Un buen día, Paraguay decidió invadir Brasil», argumento que usó para justificar el gasto militar actual.
Hablar de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay con los argumentos que enseñan los vencedores para justificar tamaño genocidio es lamentable, y mucho más viniendo de un presidente que dice ser amigo del Paraguay y teniendo Brasil la mejor cancillería del mundo. Y duele cuando se repite la mentira del vencedor.
No, presidente Lula. No fue Paraguay quien invadió al Brasil.
Eso es lo que enseñan en las escuelas de su país.
La versión prolija. La que maquilla las crueldades con la palabra civilización.
La verdad es más fea y más dolorosa.
El Brasil invadió primero, sí, señor, invadió al Uruguay en 1864 para derrocar al gobierno legítimo del Partido Blanco, país que pidió auxilio al nuestro, al Paraguay. Brasil envió escuadra y tropas a la frontera. Impuso a Venancio Flores a sangre y fuego.
El presidente Francisco Solano López vio que se rompía el equilibrio del Plata. Había advertido que tocar al Uruguay era tocar al Paraguay. La invasión del Brasil al Uruguay fue el detonante para las acciones defensivas. Por eso capturó el vapor Marqués de Olinda y declaró la guerra. No fue ambición. Fue instinto de supervivencia.
Pidió permiso para pasar por Argentina. Mitre dijo: «Soy neutral». Una de las tantas mentiras. Sin embargo, le daba paso a Flores para que se armara. Esa neutralidad nos obligó a pelear en dos frentes.
Y el 1 de mayo de 1865 se firmó el tratado más cruel contra el Paraguay, secreto por supuesto, por lo infame: el Tratado de la Triple Alianza. El vergonzoso. Se repartían nuestra tierra, nuestros ríos, nuestros tesoros. Decían que era contra el tirano Francisco Solano López. Otra de las mentiras. Lo pagó el pueblo paraguayo.
Los pueblos que olvidan su historia corren el peligro de volver a repetirla, no me cansaré de repetirlo. Nuestra memoria sigue viva.
El Paraguay casi fue exterminado: más de la mitad de la población paraguaya murió en esta guerra. No fue guerra. Fue un intento de borrar a un país que no debía existir: un país desarrollado, sin deuda externa, con industria propia, con escuelas.
Una guerra que cobró vidas de niños y jóvenes. La batalla de Acosta Ñu, un 16 de agosto de 1869. Tres mil niños famélicos, semidesnudos, con palos y piedras, lucharon contra veinte mil soldados imperiales. Los masacraron. Y al caer la tarde, prendieron fuego al campo donde yacían muertos y heridos.
La batalla que se libró con la población civil, la de Piribebuy, el 12 de agosto. Mil seiscientos contra veinte mil. La población civil luchó con tacuaras y botellas rotas. Las mujeres con agua hirviendo. Cuando cayó, el Conde D’Eu mandó tapiar puertas y ventanas del Hospital de Sangre y quemar vivos adentro a seiscientos heridos, médicos y enfermeras. Y mandó ejecutar a novecientos prisioneros. Y a las mujeres que defendieron la villa, las decapitaron. Hoy queda un símbolo de esa resistencia: el Poncho Para’i de 60 Listas.
No olvidamos Valenzuela. La fábrica de azufre. Donde las mujeres hacían pólvora porque ya no quedaban varones. Las tropas brasileñas la ocuparon y la quemaron. Treinta mujeres encerradas en la salitrera, quemadas vivas. Sin tumba. Sin nombre en los libros del vencedor.
Esas son nuestras Residentas. Las que hicieron la guerra y después hicieron el país.
Presidente Lula, la historia que le contaron es la del vencedor. La nuestra es la de los que todavía huelen a hospital quemado.
Paraguay no invadió. Paraguay resistió.
Pero, sobre todo, Paraguay volvió a confiar, por eso firmó tratados de hermandad como el de Itaipu, el del Mercosur, está por habilitar un tercer puente internacional con su pais.
Si quiere recordar ese genocidio americano que sufrimos los paraguayos, recuérdelo devolviendo los trofeos de guerra, como el Cañón Cristiano que se encuentra en Río de Janeiro, y devolviendo los documentos paraguayos que están esparcidos por el Brasil.
Usted, señor presidente Lula, no necesita justificar sus gastos tocando el dolor del pueblo paraguayo.

— Nery Peña.


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