La victoria de Soledad Núñez en Asunción constituye uno de los resultados de mayor impacto político de las elecciones municipales, aunque el desenlace abrió además un escenario inusual: Camilo Pérez no reconoció la derrota luego de haberse proclamado ganador cuando el conteo todavía estaba en desarrollo.
La candidata de la Alianza Juntos por Asunción terminó revirtiendo la ventaja inicial del colorado y, con el 98,19% del TREP procesado, alcanzó 130.311 votos frente a 126.606 de Pérez. La diferencia es estrecha, pero suficiente para modificar el mapa político de la capital y provocar una derrota particularmente sensible para el oficialismo.
La resistencia de Pérez a admitir el resultado agrega tensión política a una elección que tuvo un desarrollo cambiante. El candidato de la ANR había salido a celebrar prematuramente y llegó a anunciar una victoria con una supuesta diferencia del 20%, cuando el TREP todavía mostraba una competencia abierta. Acompañado por dirigentes colorados, agradeció incluso a Horacio Cartes por permitirle representar al partido y afirmó que Asunción comenzaba a cambiar. Horas después, la carga de nuevas mesas invirtió completamente el escenario: Núñez pasó al frente y la celebración preparada en la sede de la ANR terminó desmontándose.
Ese contraste —entre una victoria anunciada antes de tiempo y una derrota que el candidato colorado no reconoce— incorpora una dimensión institucional al resultado. El TREP tiene carácter preliminar y el resultado definitivo debe surgir del juzgamiento electoral, una circunstancia que obliga a diferenciar jurídicamente entre una tendencia consolidada y una proclamación oficial. Pero políticamente, con más del 98% procesado y una ventaja cercana a los 4.000 votos, la tendencia favorable a Núñez aparecía ya como irreversible.
La decisión de Pérez de no conceder la derrota prolonga así la disputa más allá de las urnas y desplaza parte de la atención hacia la posición que adopten la ANR y sus principales referentes ante el resultado.
La victoria adquiere, además, una significación histórica y partidaria. Núñez se convierte en la segunda mujer en alcanzar la Intendencia de Asunción y consigue desalojar al Partido Colorado del gobierno de la principal vidriera municipal del país. El resultado tiene un peso superior al de una intendencia más dentro del balance nacional porque golpea al oficialismo precisamente donde había concentrado recursos políticos y expectativas.
Pérez llegaba a octubre fortalecido por una contundente victoria en las internas coloradas y respaldado directamente por Honor Colorado, después de derrotar ampliamente al senador y exintendente Arnaldo Samaniego.
Para la oposición, Asunción representa la primera gran comprobación electoral de que una candidatura unificada puede disputar con éxito un territorio estratégico a la estructura colorada. Núñez consiguió concentrar detrás de su postulación a sectores que habitualmente compiten separados y transformar esa convergencia en una mayoría electoral, aunque por un margen reducido.
El resultado alimentará inevitablemente la discusión sobre 2028, pero también impone un límite a cualquier extrapolación automática: una elección municipal no reproduce las condiciones de una presidencial y la capacidad de convertir este triunfo en capital nacional dependerá tanto de la cohesión opositora como del desempeño de Núñez al frente de una Municipalidad atravesada por graves problemas financieros y administrativos.
La derrota deja, en sentido inverso, una señal de advertencia para el Partido Colorado. La ANR mantiene una estructura territorial nacional muy superior a la de sus adversarios, pero perder Asunción después de haber anticipado una victoria expone los límites de esa maquinaria en escenarios competitivos.
La negativa de Pérez a reconocer inmediatamente el resultado puede mantener movilizada a su base mientras se completa el proceso electoral, pero también coloca al oficialismo ante una definición política: aceptar una alternancia producida en las urnas o prolongar una controversia que necesitará sustentarse en objeciones electorales concretas.
Para Núñez, entretanto, el desafío cambia de naturaleza: después de demostrar que la oposición puede ganar la capital, deberá demostrar que también puede gobernarla.
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