Entre cerros y collados: el Kamba Kokue (la chacra de los negros)

Por Nery Peña

En la biblioteca destacamos el libro Historia de la Ciudad de Paraguarí, del abogado e investigador Justo Javier Torres Trinidad, editado por Intercontinental editora, una obra que va desde el Paleozoico hasta los 250 años de fundación que la ciudad cumplió en silencio.
No es un libro de próceres. Es un libro de cerros, de trenes, de esclavos, de incendios forestales, de mataderos intervenidos y de ruedas gigantes que nunca se instalaron.

Con motivo de los 250 años de fundación de Paraguarí, el autor entrega una obra que rompe con la historia tradicional. No empieza en 1775, con la fundación de la Villa. Empieza hace 542 millones de años, cuando todo el valle era, según describe, «un mar de aguas poco profundas».
Una ciudad que empieza en la geología.

El libro, de carácter didáctico, urbanístico y social, está pensado -según su propia contratapa- para sociólogos, arquitectos, urbanistas, profesores y «todo ciudadano que necesite examinar la ciudad».

Por eso la estructura es inusual. El autor dedica los primeros capítulos a lo que otros historiadores evitan: el origen geológico y el legendario. Explica la Formación Paraguarí, del Paleozoico Inferior, la sedimentación de areniscas que formó la Cordillera de los Altos y los cerros Hú, Santo Tomás y Mbatoví, y cómo las aguas se retiraron hacia el actual lago Ypacaraí.

En medio, una anécdota íntima que marca el tono de toda la obra: su hijo Dante Daniel, de 5 años, lo interrumpe mientras escribe y le dice que Paraguarí «ya estaba» desde que Dios creó el mundo. El autor lo deja escrito como un Génesis local.


El libro rescata lo que la historia oficial de Paraguarí había dejado en notas al pie

El autor documenta la estancia jesuítica desde 1620, con cinco leguas de tierra y 50.000 cabezas de ganado, pero sobre todo documenta a sus habitantes invisibilizados: el «ministerio de negros», los reglamentos para esclavos, la llegada de «negros congos y de Angola» y la prohibición de que nativos y africanos convivieran.

De ahí nace el capítulo más potente: el origen del Kamba Kokue. Entre 1775 y 1779, con la expulsión de los jesuitas y la fundación de la Villa, el libro discute si hubo segregación racial o social, y registra el envío de 56 esclavos «paraguarienses» a Buenos Aires. Es, quizás, el primer intento de poner la herencia afro en el centro de la identidad paraguariense.

La cronología sigue con los hitos conocidos, pero vistos desde el territorio: la Batalla de Paraguarí de 1811 donde Belgrano es derrotado, el auge del ferrocarril en 1864 que convierte a la ciudad en vanguardia mundial, el buque de guerra más lujoso de la Armada paraguaya bautizado «Paraguarí», y la propuesta de que la ciudad fuera capital de la República en 1867.

El tren que volvió como adorno

Si la primera mitad del libro es fundacional, la segunda es una crónica descarnada del presente. La realidad que golpea: una ciudad que quiere ser turística sin resolver lo básico.

Torres Trinidad lo dice sin rodeos: Paraguarí «planea ser turística, pero arrastra problemas de agua, desagües y tratamiento de basura».
En esas páginas aparecen, año por año:
• Museos en el olvido y la sede municipal histórica en ruinas.
• Los primeros semáforos recién en 2010 y la iluminación del Cerro Peró en 2013.
• La economía dual de «mercadito vs. supermercados» y la invasión de bancos y financieras.
• Los incendios forestales que cada año amenazan el Cerro León y obligan a pedir avión hidrante a la SEN.
• La pandemia, la postergación de las elecciones municipales y la frase que resume la política local: «Piden alternancia, pero no de partidos políticos sino de apellidos».
• Los proyectos que ilusionan y se frustran: el primer teleférico del país anunciado en 2020, la bicisenda más larga de Sudamérica, un globo aerostático en 2024.
• Y el símbolo del cierre: en 2025, para los 250 años, Paraguarí discute una polémica adjudicación exprés para una rueda de Chicago en el Cerro Peró, denuncia granjas avícolas en zonas urbanas y ve «volver el tren, pero solo para adornar la ciudad y recordar un pasado». El autor lo anota con dolor: «250 años de fundación, sin festejos y en silencio».

El sacrificio detrás del libro

El libro no esconde su costado humano. En la Presentación, el autor confiesa lo que más le costó: «ignorar las peticiones de mis hijos, de jugar con ellos, de salir a dar un paseo». Cita a JFK -«No preguntes qué puede hacer tu país por ti»- y a José Martí -«La ignorancia mata a los pueblos»- como brújula cívica.

En la conclusión reconoce sus límites: no pudo incluir todas las fotos por el costo de impresión y pide al lector que las busque en internet. Y deja una tesis final que es un llamado de atención:

«Paraguarí a 250 años de fundación está lejos de ser considerada técnicamente una ciudad emergente… Necesitamos ir mejorando en todo sentido… el trabajo multidisciplinar es la salida a este estancamiento».

Cierra con la frase que le dijo su padre cuando quiso irse del país tras terminar el colegio: «Si Dios nos puso aquí, aquí tenemos que servir, mi hijo».

Ese es el espíritu de la obra. No es solo una cronología de 380 años de estancia y 250 de Villa. Es un intento de que cada joven paraguariense tenga un conocimiento general de su historia para construir una ciudad más incluyente y culta. Un trabajo que, como Macondo en Cien años de soledad -comparación que el propio autor hace-, muestra en un pueblo todos los ciclos de América Latina: auge, decadencia, esplendor y soledad.


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