Por Nery Peña
Al recordar a estos héroes viene a mi mente la música de Fito Páez, «Yo vengo a ofrecer mi corazón»:
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil, ya sé qué pasa
No será tan simple como pensaba
Como abrir el pecho y sacar el alma
Una cuchillada de amor
Luna de los pobres siempre abierta
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Como un documento inalterable
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Era la tardecita del 20 de septiembre de 1926, la tragedia se estaba asomando por el Paraná: un tornado categoría F4, lo que en 1926 llamaron ciclón.
En la biblioteca hoy recordaremos uno de los hechos más luctuosos que vivió Encarnación y el país entero: la solidaridad de Posadas y la de un pueblo.
Las fotos y gran parte de los textos de este artículo fueron extraídos del libro de la Colección Javier Yubi, «Encarnación 400 años – Postales para el recuerdo», editado por Servilibro, que en la biblioteca presentamos como memoria viva. La obra incluye una secuencia de fotografías tomadas al día siguiente del tornado que arrasó gran parte de la ciudad en 1926 y expone el panorama desolador de la Villa Baja y del sector portuario, con casas destruidas y muelles derribados.
El lunes 20 de septiembre de 1926, cerca de las 18:45, Encarnación sufrió el peor desastre natural de su historia. Lo que la prensa de la época denominó ciclón, hoy se clasifica como un tornado de categoría F4 en la escala Fujita-Pearson, con vientos superiores a los 250 kilómetros por hora. Prácticamente no quedó casa en pie en la Villa Baja.
El Diario, en su edición del martes 21, tituló en tapa: «Encarnación fue azotada ayer por un ciclón». En la parte baja se derrumbaron numerosos edificios: la sucursal del Banco de la República —entre cuyos escombros fueron hallados los cuerpos del gerente y de uno de sus hijos—, la Casa Segura Latorre y Cía., de reciente construcción, las sucursales de Rius y Jorba y del Banco Agrícola, la oficina de Correos y Telégrafos —cuyo derrumbe causó la muerte de siete empleados— y la usina eléctrica, completamente destruida.
El telegrama de Posadas y el tren que solo llegó hasta Carmen del Paraná
El libro de Javier Yubi rescata con precisión cómo se conoció la noticia, un dato que respetamos íntegramente por su valor histórico.
Un reportero de El Diario se presentó en el Ministerio del Interior para verificar la información. El secretario de la cartera, señor Candia, le proporcionó una copia del despacho recibido el martes 21 a las 5:45 de la madrugada, fechado en Posadas (Argentina) a las 4:45 de la misma mañana:
«Ayer a las 6:45, un fuerte ciclón arrasó la mayor parte de Encarnación, ciudad baja. Hay numerosas víctimas. La línea telegráfica del ferrocarril y la nacional están interrumpidas. Nos preocupamos en reparar el telégrafo, cuyas líneas están destrozadas. Las tropas del Ejército trabajan activamente en remover los escombros. Es necesario el envío urgente de auxilio».
Ese fue el primer parte oficial. Llegó desde Posadas porque Encarnación había quedado totalmente incomunicada.
La asistencia pública incluyó al propio ministro del Interior y a varios profesionales médicos que partieron en un tren especial a las 2:00 de la madrugada desde la Estación Central, con el ministro, el presidente de la Cámara de Diputados, tres médicos de la Asistencia Pública, practicantes, medicinas y un destacamento del Hospital Militar Central, bajo la dirección del doctor Carlos Díaz León.
Ese tren, según la comunicación del corresponsal especial que viajaba en él y que transcribe el libro de Yubi, se detuvo en Carmen del Paraná por estar obstruida la vía a consecuencia del choque que anunciamos ayer y que nada tuvo que ver con el ciclón.
En Asunción, el duelo fue declarado nacional y se suspendieron los actos públicos de distracción. Los diarios argentinos La Prensa y La Nación señalaron que a los argentinos les tocaba muy de cerca la desgracia ocurrida.
Héroes civiles que entregaron alma, corazón y vida
El pueblo y las autoridades de Posadas prestaron todo tipo de colaboración. Se organizó allí una Comisión de Salvataje y en sus hospitales fueron derivados cientos de heridos. El intendente de Encarnación, Ángel Clérici, informaba desde Posadas: «Proseguimos extrayendo cadáveres de debajo de los escombros; las autoridades argentinas de Posadas se han portado admirablemente en nuestra ayuda y auxilio».
Juan Pedotti, jefe de la usina. Hijo de inmigrantes italianos, no huyó. Bajó las llaves maestras y apagó los motores para evitar electrocuciones masivas. Murió electrocutado bajo los escombros. La crónica lo recuerda como el verdadero héroe y mártir.
El padre José Kreusser, Jorge Memmel y Daniel Rodríguez Génes «Ministro». El sacerdote, primer párroco de Villa Encarnación desde 1924, misionero del Verbo Divino nacido en Baviera en 1881 y llegado al país en 1919, socorrió a centenares de heridos entre los escombros y en la oscuridad. Al ver que sin ayuda externa la ciudad no resistiría, buscó una salida. Con el marinero alemán y baqueano del Paraná Jorge Memmel y el canoero del barrio Riacho, encontró en el puerto una pequeña canoa sin remos —todas las demás embarcaciones se habían hundido— y remaron con palas porque no había remos, pero sí corazón. Cruzaron cerca de 3.000 metros de río revuelto y crecido, a las nueve de la noche, hasta la Casa de Gobierno de Misiones, donde se celebraba una fiesta estudiantil de primavera. Irrumpieron, relataron la tragedia y la fiesta fue suspendida de inmediato para convertir la sede gubernamental en centro de operaciones de rescate.
Leonarda V. de Gamón. Herida y desangrándose, rescató a sus ocho hijos, uno por uno, de entre los escombros y los llevó hasta el Hotel Schultz. Solo después murió.
Delvalle, Arias y Cáceres. Empleados de la aduana que improvisaron camillas con chapas de zinc y montaron guardias para evitar saqueos, mientras otros aprovechaban el pánico para robar alhajas y mercaderías.
La reina del Paraná, Encarnación
Y no es solo un apodo romántico. Hoy Encarnación es la capital del carnaval, la capital del verano y la capital de la cultura. Es sede de la mayor feria del libro del interior del país, organizada por la UNAE, que cada año convierte a la ciudad en punto de encuentro de escritores, lectores y editoriales de todo el Paraguay.
Prueba de que la ciudad no solo resiste, sino que emprende. Encarnación sigue siendo capital y pulmón importante para la economía paraguaya, con su comercio fronterizo, su turismo, sus playas y su capacidad de reinventarse después de cada catástrofe, desde el tornado F4 de 1926 hasta la inundación de la Villa Baja por Yacyretá.
En el antiguo pueblo de origen jesuítico Itapúa —hoy Encarnación— casi no quedan vestigios materiales de los tiempos fundacionales, salvo algunas tallas sacras que se conservan en la iglesia principal. Don Carlos Antonio López organizó la Villa Encarnación en 1843. Tras la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870), inmigrantes europeos encontraron en sus tierras fértiles la base para hacer germinar la prosperidad.
Con el servicio de ferrocarril y balsas para el cruce a Posadas, su condición de localidad fronteriza permitió un desarrollo comercial muy dinámico. El sector céntrico conocido como «zona baja» llegó a asemejarse a un gran bazar a cielo abierto y existió hasta aproximadamente 2009. Todo cambió con Yacyretá. Las aguas del caudaloso Paraná cubrieron gran parte de la vieja ciudad e hicieron emerger, de golpe, la era moderna.
Y, como lo mencionara más arriba, hoy es una de las ciudades más bellas de América Latina, una perla a orillas del Paraná.











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